Cómo se adapta la vida a las condiciones extremas


Tanto en el hombre como en el animal, la adaptación es un proceso en virtud del cual el organismo adquiere progresivamente la capacidad, que antes no poseía, de resistir a determinados elementos de su entorno. De ese modo se vuelve apto para vivir en condiciones que antes se consideraban incompatibles con la vida y para resolver problemas que se creía insolubles.

La adaptación puede ser completa y permitir gran variedad de actividades físicas y psíquicas, entre ellas la perpetuación de la especie, en entornos inhóspitos (regiones polares, desiertos o altas montañas); pero puede ser también parcial y capacitar sólo para sobrevivir durante un determinado periodo de tiempo. La solución de problemas aparentemente insolubles puede conseguirse en situaciones relativamente sencillas (evitar ser atacado por un animal predador haciendo el muerto, por un reflejo de defensa pasiva) o muy complejas (viajar por el espacio o actuar sobre procesos orgánicos vitales).

Todos esos mecanismos de adaptación tienen un punto en común: en una primera fase el organismo alcanza el límite de sus posibilidades pero sólo imperfectamente consigue resolver el problema con el que se enfrentaba. Seguidamente, si el hombre o el animal en cuestión sobrevive y el agente causal de la adaptación persiste, aumentan las posibilidades del organismo y una adaptación eficaz y duradera sucede a la reacción de urgencia inicial.

Este tránsito constituye el momento decisivo de todo el proceso y sus resultados son a menudo sorprendentes, como muestran los experimentos realizados por un científico peruano que encerraba en un habitáculo presurizado a varios individuos adaptados a la altitud y a otros que no lo estaban.

Cuando en el 'habitáculo la presión equivalía a 7.000 metros de altitud, los primeros perdían el conocimiento mientras los segundos continuaban jugando tranquilamente al ajedrez. De idéntica manera, un hombre en buen estado de salud pero no entrenado sólo puede correr sin interrupción varios centenares de metros mientras que otro entrenado es capaz de correr más de 40 km.

En varios países los grandes fríos que han azotado este invierno a Europa han tenido consecuencias catastróficas, con decenas de muertos. Mientras tanto, en Verjoiansk, ciudad de Siberia oriental que es uno de los polos mundiales del frío, los escolares de ocho o nueve años acuden a la escuela y las manadas de caballos salen como de costumbre conducidos por sus guardas con temperaturas de -57°.

También en la esfera intelectual, donde las reacciones de adaptación son cualitativamente más complejas, se manifiesta nítidamente el paso de la etapa de tensión extrema a otra de adaptación duradera.

Hoy conocemos bien, por haber sido descrita con detalle, la transformación que experimenta el organismo al adaptarse. Frente a una situación nueva se producen en el organismo dos secuencias conexas de hechos. En la primera secuencia actúa enérgicamente la función del sistema más directamente interesada por el proceso de adaptación el aparato locomotor o circulatorio si se trata de un ejercicio físico o un centro especializado del cerebro si se trata de aprender o de adquirir nuevos hábitos; las células reaccionan incrementando la síntesis de ácidos nucleicos y de proteínas, con lo que se produce un desarrollo selectivo de las estructuras que determinan la función.

Por ejemplo, en los procesos de adaptación a la altitud o al esfuerzo físico el caudal sanguíneo de las arterias coronarias aumenta y la cantidad de mitocondrias esos "relés energéticos" en los músculos del esqueleto se duplican o triplican. Esto origina en las células del sistema dominante, aquel del que depende la adaptación, una serie de modificaciones que estimulan sus capacidades y constituyen la base material del paso de un estado extremo a una adaptación verdadera.

La segunda secuencia es la del estrés, el conocido fenómeno descrito por el biólogo canadiense Hans Selye que le ha llamado "síndrome general de adaptación". Hoy sabemos que la reacción de estrés, que se manifiesta en la emisión de hormonas serénales en la sangre, no tiene sólo por objeto movilizar los recursos energéticos y estructurales del organismo sino también conseguir su transferencia de los sistemas no activos al sistema dominante. Dicho de otro modo, esa reacción permite responder al problema vital que plantea el entorno.

Cuando se ha realizado la adaptación, el hombre se ha habituado al frío, ha aprendido a resolver problemas matemáticos o a tocar el piano y la reacción de estrés desaparece. De idéntica manera se produce la adaptación a otros elementos, físicos o químicos, como el acomtumbramiento progresivo al veneno por mitridatización.

Tras esto, el organismo queda protegido contra los ataques del factor exterior al que se ha adaptado. Es curioso que las múltiples reacciones que desencadena el proceso de adaptación a uno de los factores del entorno entrañen con mucha frecuencia elementos que acrecen también la resistencia a otros factores. Así, por ejemplo, la adaptación a la insuficiencia de oxígeno refuerza la resistencia del organismo al esfuerzo físico, a los alucinógenos, a los epileptógenos, a las causas de hipertensión, a las lesiones cardíacas producidas por el estrés, a la isquemia (interrupción del riego sanguíneo de un órgano o un tejido) o a las radiaciones ionizantes.

Este aspecto de la adaptación abre anchas perspectivas a la prevención y el tratamiento de las enfermedades. En una época en que el consumo considerable, incluso abusivo, de sustancias farmacológicas está suscitando en el hombre una auténtica dependencia, sería útil que los médicos prescribieran a sus pacientes, además de medicamentos, la adaptación a este o aquel elemento de su entorno.

Está hoy demostrado que las tensiones exteriores suscitan o favorecen las úlceras gastroduodenales, la hipertensión, la arterioesclerosis, la isquemia cardíaca, la diabetes, las enfermedades mentales, las afecciones cutáneas y, según sabemos desde hace poco, los tumores.

Pero esta función hoy tan generalmente reconocida del estrés en ciertos fenómenos patológicos oculta de algún modo un hecho no menos importante: que en su gran mayoría los seres vivos sometidos a perturbaciones graves de las que no pueden escapar no mueren sino que adquieren ciertos tipos de resistencia que les permiten mantenerse vivos en espera de mejores tiempos. Situaciones como esas hambrunas prolongadas, olas de frío, catástrofes naturales, conflictos entre especies o dentro de una misma especie son muy frecuentes en la naturaleza y entre los animales.

También en la sociedad humana se producen situaciones de extrema tensión, más complejas pero no menos frecuentes. Así, por ejemplo, en un periodo relativamente breve de su historia la humanidad ha tenido que hacer frente a graves trances que van desde la esclavitud y la servidumbre hasta las dos guerras mundiales, dando siempre muestras de la eficacia de sus facultades de adaptación. Naturalmente, el precio que por ello ha tenido que pagar resulta intolerable, pero fuerza es constatar que el organismo humano dispone de mecanismos propios que le permiten limitar la reacción de estrés y prevenirse contra sus estragos.

Las investigaciones de los últimos diez años han confirmado la existencia de esos mecanismos inhibidores. Se ha demostrado que, bajo la influencia de las tensiones extremas, la reacción de estrés va acompañada por un reforzamiento de la actividad de los sistemas centrales inhibidores del estrés. El fenómeno se presenta, por ejemplo, en forma de incremento de la producción en el cerebro de peptinas Opioides semejantes a la morfina y de otras sustancias análogas que atenúan la reacción de estrés. Esas sustancias se acumulan en el cerebro y neutralizan la excitación nerviosa que provoca el estrés.

La actividad de los inhibidores de éste se reproduce en los demás órganos, donde se acumulan también sustancias que reducen la acción de las hormonas del estrés sobre las células y previenen las lesiones. Esta doble acción de los inhibidores centrales y locales del estrés protege el organismo contra la úlcera gástrica, las enfermedades cardíacas, el debilitamiento de las defensas inmunitarias, la arritmia y otras perturbaciones causadas por sustancias químicas.

En resumen, la ciencia viene a confirmar lo que puede observarse en la vida corriente: los individuos que han pasado por pruebas muy duras durante su vida adquieren cierta resistencia a las vicisitudes de la existencia. Pero también gracias a la ciencia podemos hoy considerar la posibilidad de utilizar las sustancias producidas por los centros inhibidores del estrés, sus equivalentes sintéticos y las sustancias químicas capaces de estimular esos centros inhibidores como sustitutos de los mecanismos naturales de adaptación para que el organismo pueda precaverse contra el estrés y otras perturbaciones. Esta hipótesis, que los experimentos hasta ahora realizados confirman con largueza, abre perspectivas sobre manera prometedoras para la prevención y el tratamiento de las enfermedades no infecciosas.


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